En estos últimos años se ha hablado mucho del TDAH y seguramente asociamos estas siglas con la imagen de un niño que vive constantemente agitado, que habla sin parar, todo lo manosea y no atiende a nada… pero hay que ser prudente: no todos los niños inquietos padecen necesariamente TDAH. Con este artículo queremos dar a conocer un poco más este trastorno y desmentir alguno de los falsos mitos que hay a su alrededor.
El Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad es un trastorno hereditario de origen neurobiológico (causado por un desequilibrio entre neurotransmisores), que se caracteriza por la 
Hay quien opina que la TDAH no existe y que es una invención de las farmacéuticas para sacar dinero. Éste es uno de los mitos que queremos desmentir, puesto que es un trastorno reconocido por instituciones del prestigio de la O.M.S. y porqué es comprobable a nivel neurológico: se han constatado alteraciones como la reducción del 3 al 5% del volumen cerebral total, diferencias en el córtex prefrontal, en los ganglios basales y en el cerebelo.
Muchas veces se identifica también el TDAH como una excusa para justificar la falta estudio. No es así. Las personas que verdaderamente lo padecen tienen serias dificultades para optimizar sus recursos. Les cuesta mucho marcarse un objetivo, centrarse en un tema, seleccionar los datos relevantes para completar una actividad y atender. La falta de control de sus impulsos les puede crear serios problemas y provocar un gran sufrimiento a los afectados y sus familias.
También se ha dicho que una disciplina estricta resolvería el problema. Una educación demasiado rigurosa y un abuso del castigo pueden dañar la salud mental del niño con TDAH y de los menores en general. Sí que es cierto, en cambio, que para el niño con TDAH es muy importante dejar muy claro cuáles son les expectativas y establecer un entorno lo más estructurado posible.

Una cuestión que también querríamos rebatir es que la medicación puede generar dependencia. La medicación forma parte del tratamiento en la mayoría de los casos, pero de hecho en muchos de ellos no hay regularidad, con lo cual no podemos hablar de ninguna adicción. Relacionado también con la medicación hay quien afirma que la TDAH puede diagnosticarse en la medida que haya una reacción positiva de los pacientes a los fármacos. Normalmente con la medicación se observa un cambio de conducta importante pero, desgraciadamente, en un 30% de los casos no hay respuesta.
Actualmente tenemos constancia que este trastorno no solo afecta a la población infantil sino que persiste a lo largo de todo el ciclo vital. Sí que es cierto que la impulsividad se matiza con la edad y la hiperactividad tiende a desaparecer quedando, eso sí, una sensación subjetiva de ansiedad.
Las manifestaciones del TDAH son diferentes a lo largo de la vida. En preescolar los afectados presentan alteraciones de comportamiento, buscan la atención del adulto, tienen poca noción del peligro y su desarrollo motor acostumbra a ser precoz. En edad escolar, además de los problemas de comportamiento aparecen dificultades académicas (lectoescritura) y de interacción social, lo cual acaba provocando una baja autoestima. En adolescentes podemos añadir problemas de actitud cívica, drogas, lesiones y/o accidentes. Finalmente, en la etapa adulta las alteraciones del comportamiento también pueden ponerse de manifiesto en la falta de planificación, toma de decisiones impulsiva, conducción temeraria, inestabilidad laboral, ocupación profesional por debajo de las capacidades objetivas y una elevada incidencia de desequilibrio emocional.

Actualmente disponemos de instrumentos muy válidos para poder normalizar las manifestaciones de las personas afectadas.
En primer lugar hay recursos para poder identificar el trastorno prematuramente y existen equipos multidisplinarios preparados para realizar un buen diagnóstico. El tratamiento contempla la farmacología, la pedagogía y la psicología, partiendo de las habilidades de las personas con TDAH. Ahora bien, lo esencial es la actitud de los profesionales y familiares en relación al paciente. En definitiva, la clave del éxito debe basarse en una buena relación humana, un clima de confianza, un trato respetuoso, darle oportunidades de éxito, fomentar la empatía y el autocontrol. El juego compartido es pues una herramienta ideal para desarrollar todas estas habilidades.
Autor: Roser Menció
Centro de Logopedia, Pedagogía y Psicología
www.rosermencio.cat
